Esta mujer me tiene hasta la coronilla, no debí darle alas cuando me dejé de llevar por mis tontas emociones, provocando una situación que, en lugar de aminorar la carga, le agregó mucho más peso. ¿En qué parte de mi estúpido cerebro se me ocurrió la ridícula idea de decir que ella era mi prometida?
―¡No voy a permitir que me trates de esta manera, Samuel, te prometo que no te lo voy a perdonar! ―grita como maniaca mientras la saco a rastras de la clínica―. Soy una Beasley, provengo de una fami