Una vez que nos detenemos frente a la mansión me pongo nerviosa. No debí contarle nada de lo que pasó a Horacio. No tengo idea de lo que pueda estar pensando de mí, después de haberle confesado lo que sucedió aquella noche en el hotel, entre su hijo y yo. Debí amarrarme la lengua antes de soltarle toda la historia. Ni siquiera me di cuenta, sino hasta que ya era demasiado tarde.
―¡Mami, mami, llegamos a casa del abuelito!
Grita mi hija con gran furor. Abre la puerta de manera inesperada y sal