Al final de la tarde decido abandonar mi oficina y volver a la casa. No sé ni para qué demonios fui a trabajar. Fueron casi ocho horas perdidas sin hacer absolutamente nada. Me quito la corbata mientras atravieso los pasillos desolados de mi empresa para dirigirme hacia el elevador.
―Espera, Samuel.
Me detengo y giro al escuchar a voz de Alan, detrás de mí.
―Aquí tengo lo que me pediste ―me tiende una carpeta―. Allí está la información de la enfermera que escogí para que se ocupe de cuidar a