Capítulo 18.
Al escuchar el alboroto en la planta baja, el padre de Elena salió de su estudio a toda prisa, bajando las escaleras con el ceño fruncido. Tras oír las quejas llorosas y exageradas de su esposa, quien se frotaba la mejilla enrojecida, el hombre comenzó a reprender a su hija con dureza, sin siquiera molestarse en escuchar su versión de los hechos.
—¡Eres una salvaje! —le gritó, deteniéndose frente a ella—. No tienes ni una pizca de la elegancia ni de las virtudes propias de una buen