El trayecto hacia la residencia de Leonardo transcurrió en un silencio tenso. El auto de Alessandro cortaba el tráfico de la ciudad con velocidad constante, flanqueado a distancia por dos vehículos discretos de su equipo de seguridad. En el asiento trasero, Elena no soltaba la mano de su esposo; el calor que él le transmitía era lo único que la mantenía anclada a la realidad.
—Mi madre necesita su medicación cada seis horas —murmuró Elena, rompiendo el silencio mientras miraba por la ventana—.