Cassie
El aire apestaba a tabaco y gasolina, una mezcla tóxica que se te pegaba a la piel y la garganta. Odiaba estar allí. Ese no era mi mundo.
Mis tacones se hundían ligeramente en la tierra irregular del descampado y mi vestido, demasiado corto y demasiado delicado para un lugar lleno de grasa y testosterona, me hacía sentir como una presa rodeada de depredadores.
Pero no me iba a ir. No mientras ella estuviera buscando a Kyle con una intención que me provocaba el mismo malestar que tener una espina enterrada.
—¿No es increíble? —chilló mi amiga, señalando hacia los autos alineados en la salida—. Ahí está. Dios mío, Cassie, mira cómo se ve.
No necesitaba que me lo dijera. Ya lo había visto. Era imposible no hacerlo.
Kyle estaba apoyado contra el capó de su Ferrari negro, el rey indiscutible de ese submundo sucio. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta negra que se tensaba contra su pecho ancho.
La chaqueta de cuero, desgastada en los bordes, completaba esa imagen de chico m