Capítulo treinta y dos: Celos a la deriva.
No tuvimos sexo, no me tocó de manera inapropiada. Salimos de la ducha y me envolvió en una bata de baño.
Me sentía mejor, como una presión que se iba liberando en mi pecho, poco a poco. Jamás había llorado frente a Austin, o eso creía, si tuviera conocimiento de lo que viví hace cinco años podría responder con seguridad. En la cama, se encontraba un paquete de toallas sanitarias y lo miré, con los ojos aún rojos.
―Le dije a una de las sirvientas que lo comprara y dejara aquí.
Repasé la ve