Capítulo treinta y uno: La confusión de la marea roja.
Podía ver como esas palabras se reproducían en mi cerebro en cámara lenta.
Te
Orinaste
Encima
―¡Por supuesto que no! ―grité.
―¿Te masturbaste y tuviste un squirt?
Ojalá.
―¡No!
―¿Entonces?
Ya en este punto no podía definir cuál opción era la más vergonzosa, así que opté por la verdad, como toda buena cristiana.
―¡Estoy menstruando!
Parpadeó.
―¿Manchaste la cama? ―preguntó con normalidad, como si simplemente me estuviera pidiendo la hora.
Dudaba que hubiera una parte de mi rostro en este