Isabella, sorprendida al principio, sintió que la furia volvía al ser interpelada. Lo miró con frialdad, sus ojos decían claramente: “Todavía estoy enojada”.
¿Quién no lo estaría después de ser engañada?
Incluso sintió deseos de abofetearlo y preguntarle si le parecía divertido mentirle.
Alexander sonrió con indulgencia.
—¿Qué puedo hacer para compensarlo?
Su tono cálido y su hermoso rostro hicieron que su ira se desvaneciera por completo.
“Muchas chicas dicen que quieren un novio tan guapo que, incluso si pelean, no puedan resistirse a perdonarlo”, pensó Isabella.
Y, en ese momento, entendió perfectamente esa frase.
Ya no quería discutir más sobre esa mentira absurda de la “amiga” inexistente.
Volvió la cabeza, apoyó la cara entre sus manos y dijo en voz baja:
—Te perdonaré si puedes arreglar esto.
Alexander sonrió, le apartó un mechón de cabello detrás de la oreja y respondió con seriedad:
—Haré lo que me pidas.
Las palabras de Alexander iluminaron a Isabella. Estaba fe