Los que habían defendido a Lindsy se sonrojaron. Tenían expresiones extrañas.
Ya no podían soportar su hipocresía. ¡No podían creer que hubieran sido tan tontos por confiar en ella!
Al ver a Isabella temblar de miedo con la cabeza agachada, se sintieron aún más culpables.
—¿Qué hemos hecho? —dijo alguien—. ¡Le hemos hecho daño a una joven tan linda!
—¡Hemos pecado! —añadió otro.
Lindsy intentó poner fin al drama. Finalmente se dio cuenta de que algo iba mal con la reacción de la gente y di