Antes de que Isabella entrara al dormitorio, Tom volvió a recordarle su encargo.
Percibiendo su desesperación, Isabella sonrió con paciencia.
—Está bien, está bien, se lo diré.
En cuanto Isabella entró al edificio, otro automóvil se detuvo junto al de Tom.
Era un deportivo plateado, elegante y sofisticado: el reflejo perfecto de su propietaria, Sabrina.
Del asiento del copiloto bajó otra joven.
—Saludos, Zenia —dijo Tom con cortesía.
Zenia Maynard era estudiante de posgrado en el laborat