Tomás fue detenido por los guardias fuera de la casa. Ana salió sin prisa, con el mentón en alto y una sonrisa cargada de desprecio.
—Señor Star, ¿qué lo trae por aquí? —preguntó con desdén.
Su actitud hizo que a Tomás se le tensara la mandíbula. La había tratado como a su propia hija durante diecinueve años, y aun así se sentía culpable por no haberla educado mejor. En ese momento, pensar en ello le resultaba repulsivo.
—¿Por qué diste un testimonio falso en el tribunal? —le reclamó con voz grave—. ¿Acaso olvidaste lo dulce y amable que era tu madre? Nadie más te ha querido tanto como ella.
Ana soltó una risa fría.
—¿No cree que se lo merece? ¿No recuerda cuántas veces la odiaste por hacerle daño a tu preciosa Isabella? —lo provocó—. Te enojabas tanto con ella… Ahora que está en prisión, deberías estar feliz.
Las venas se marcaron en la frente de Tomás. La miró con una mezcla de ira y decepción. No solo es egoísta, pensó. Carece de la moral más básica. Es una vergüenza. Si exis