Cuando por fin la soltó, le acarició las mejillas con una sonrisa cálida y satisfecha.
El resto de los presentes solo pudieron mirar en silencio, con una mezcla de incomodidad, asombro y… un poco de envidia.
La princesa, con los labios temblorosos, estaba al borde de las lágrimas.
Aun así, tuvo que admitir para sí misma que Isabella y Alexander se veían perfectos juntos.
No quiso soportarlo más, así que dio media vuelta y se marchó apresuradamente, intentando convencerse de que nada d