Jason la observó en silencio.
Sabía que estaba actuando, que esa fachada de orgullo era tan delgada como el papel. Y, aun así, esa terquedad le resultaba encantadora.
Le daban ganas de revolverle el cabello y decirle que dejara de fingir… pero no lo hizo. No eran tan cercanos.
En cambio, sonrió y la provocó:
—¿Qué pasa? ¿Temes que te haya puesto algo en el agua? ¿O perdiste el valor estos días?
Chelsea lo fulminó con la mirada, le arrebató la taza y resopló con fastidio.
—No te teng