—¿No puedes simplemente llamarlo? —preguntó en un tono que pretendía sonar dulce—. Es tu empleado. Volverá si tú se lo pides.
Alexander reprimió un escalofrío.
Su voz melosa y forzada lo irritaba profundamente.
Solo una mujer en el mundo podía hablarle así y hacerlo sonreír: Bella.
De cualquier otra, el gesto le resultaba insoportable.
La expresión de su rostro se endureció, su mirada se volvió de hielo.
No dijo nada, pero su disgusto quedó más que claro.
La princesa notó el cam