Alexander se enderezó, extendió una mano y, con un gesto delicado, retiró el pequeño lazo negro que Isabella llevaba en el cabello. Luego se lo colocó suavemente alrededor de la muñeca.
El movimiento fue tan natural, tan íntimo, que Isabella parpadeó confundida, frunciendo el ceño mientras lo miraba.
Alexander bajó un poco la cabeza, hizo girar el lazo en su muñeca y dijo con voz tranquila:
—Póntelo tú… así nadie se atreverá a coquetear conmigo.
Isabella se quedó sin palabras. Recordó que muchas chicas solían colocar sus lazos en las muñecas de sus novios para marcar territorio, una especie de declaración silenciosa: “Este chico ya tiene dueña.”
Alexander fue tan ingenuo que terminó colocándose él mismo la horquilla.
Isabella no pudo evitar sonreír; sus ojos brillaron con una luz traviesa mientras murmuraba con dulzura:
—No esperaba que te portaras tan bien.
Alexander arqueó una ceja y, con aire despreocupado, le quitó la mochila de los hombros.
—Solo me comporto a