Massimo permanecía recostado en la cama del hospital, los ojos fijos en el techo blanco y frío. La luz tenue del atardecer que entraba por la ventana pintaba sombras largas en las paredes, creando un ambiente pesado, casi opresivo. Pero nada de eso podía compararse al tumulto en su interior. El beso que le había dado a Blair seguía presente en sus labios, como un fuego que no podía apagar. Había sentido algo, estaba seguro. Ella no había sido indiferente. Y, sin embargo, se había alejado llena