El aire pesado de la enfermería estaba impregnado del olor a medicamentos baratos y desinfectante, un aroma que se mezclaba con el cobre tenue de la sangre que todavía manchaba las vendas de Massimo Agosti. La tenue luz que caía desde el techo parpadeaba, proyectando sombras erráticas en las paredes agrietadas, como si el espacio mismo respirara con esfuerzo. Massimo apenas lograba mantenerse despierto. El dolor palpitante en su costado lo mantenía en un estado de somnolencia febril, y su mente