Blair no podía creer lo que estaba sucediendo. El recibimiento de Ana Agosti la había dejado completamente anonadada. La mujer, de una belleza serena y una calidez que irradiaba, se acercó a ella y, sin dudarlo, la envolvió en un abrazo fraternal. Era un gesto que, aunque inesperado, le brindó una extraña sensación de confort en medio de la tensión que se palpaba en el aire. El abrazo de Ana era como un refugio, una burbuja de calidez que la alejaba momentáneamente de la frialdad del ambiente.