La sala de conferencias estaba sumida en un caos ensordecedor. Una multitud de reporteros, como aves de rapiña, se abalanzaba sobre Eddie y Blair, sus cámaras parpadeando con la insistencia de un enjambre de luciérnagas. Los flashes iluminaban sus rostros, mientras las preguntas se entrelazaban en un griterío incesante. Eddie, con una sonrisa nerviosa que apenas ocultaba su angustia, trataba de abrirse camino entre todos ellos. Blair, a su lado, sentía un nudo en el estómago que crecía con cada