Pasan los días y los doctores le dan el alta a Rebeca, quien sale en una silla de ruedas y con la mente fija en lo que hará a partir de ese momento.
Iñaki es quien la lleva y se detiene frente a un auto de vidrios tintados, la ayuda a ponerse de pie y la sienta en la parte trasera, dejándola muy cómoda y cubierta con una manta, porque tiene frío.
—¿Estás segura que no quieres que te lleve al aeropuerto?
—Muy segura, no quiero despedidas, ya he tenido suficientes estos días —le acaricia el rostr