La tarde en el santuario de Leonel se consumió entre vapores de aceites esenciales y una determinación que le calaba hasta los huesos. Jenny, sumergida en la bañera, observaba el mármol impoluto con ojos nuevos. Ya no veía una prisión, sino un tablero de ajedrez.
—No hay marcha atrás —susurró para sí misma, con la voz firme—. Entre la amenaza de Kevin y la frialdad de mi padre, este es mi único destino.
Al salir del agua, el ritual fue preciso. Mientras humectaba su piel, su mente, antes at