El agua de la ducha cayó sobre mí como una cascada helada. Cerré los ojos, dejando que se llevara consigo la sal de las lágrimas, el cansancio pegajoso de tantas horas en el hospital, pero nada pudo arrancarme la sensación de vacío que me atravesaba.
Me aferré al lavabo, temblando. El espejo me devolvía una imagen ajena: ojeras hundidas, labios resecos, el rostro marcado por la vigilia. No parecía la mujer que apenas unos días antes había sonreído con ilusión frente a sus seres queridos.
El son