Punto de Vista de Luis
Y, sin embargo, todo lo que podía hacer era yacer aquí con mis extremidades tan sin vida como el cadáver de mi padre hace tantos años, mientras ese cretino se iba con lo que era mío.
La habitación estaba demasiado tranquila. Demasiado vacía.
Aún podía oler su perfume en el aire. Jazmín. Vainilla falsa. Sudor. Todavía podía escuchar su estúpida y etérea risita resonando en mis oídos, su dulce —Ay, Ernesto, no seas tonto— dando vueltas en mi cerebro como una melodía maldita