Aurelia retrocedió tambaleándose en pura incredulidad, sus pies descalzos raspando contra la grava del camino de entrada mientras el motor del coche de Selene rugía como una bestia lista para devorarla. Durante un terrorífico segundo, el tiempo se ralentizó. La mujer que la había criado, la misma que le había cantado nanas de niña y vendado sus rodillas raspadas, ahora pisaba el acelerador con furia en los ojos. El corazón de Aurelia se hizo añicos en mil pedazos irregulares. Esto no podía esta