La luz del sol se filtraba a través de las cortinas transparentes de la habitación de Aurelia, pintando suaves patrones dorados sobre las sábanas revueltas. Ya era bien pasada las nueve de la mañana y, por primera vez desde su regreso a Nueva York, no tenía prisa por ir al trabajo. Nada de código que depurar, ni reuniones, ni distracciones. Solo silencio y el pesado peso de todo lo que había sucedido el día anterior.
Estaba tumbada boca arriba, con el teléfono apoyado contra sus rodillas flexio