La luz de la tarde tardía se inclinaba a través de las altas ventanas de la sala de estar, proyectando tonos dorados sobre los mullidos sofás de cuero y la pulida mesa de centro de caoba. Aurelia estaba sentada en el borde de un sofá, con su portátil equilibrado sobre las rodillas y los dedos volando sobre las teclas mientras terminaba el proyecto que había dejado inconcluso en la oficina. El zumbido silencioso de la mansión —el lejano tintineo del personal de la cocina, el débil tic-tac de un