Los ojos de Aurelia se cerraron revoloteando, su cuerpo hundiéndose en el colchón como si pesos de plomo la arrastraran hacia abajo. Las olas implacables de placer la habían drenado, dejando solo un calor nebuloso que la envolvía en agotamiento. Los dedos de Ronan trazaron suavemente su brazo, una caricia posesiva que le envió un último escalofrío antes de que el sueño la reclamara por completo. No oyó el golpe, no registró la voz de su madre atravesando el silencio.
—¿Aurelia? —llamó Selene de