Aurelia condujo hacia la casa, el motor del coche ronroneando hasta detenerse en el camino de entrada mientras las sombras de la tarde se extendían por el césped cuidado. La grandiosa fachada de la mansión se alzaba ante ella, con sus ventanas brillando con luz cálida que ocultaba las tensiones que hervían en su interior. Apagó el encendido, agarró su bolso y entró; la puerta principal crujió suavemente al abrirla. La sala de estar estaba vacía, el aire aún llevaba el leve aroma a madera pulida