Kai retiró sus dedos, resbaladizos por su liberación, y se arrodilló al borde de la cama. Le abrió los muslos de par en par y su lengua lamió sus pliegues, limpiándola con largas y planas caricias que la hicieron temblar de nuevo. Saboreó cada gota, succionando suavemente su clítoris antes de levantarse y acostarse a su lado, atrayendo su cuerpo cerca, piel contra piel.
—Creo que necesito ir a mi habitación —susurró Mira, con la voz temblorosa mientras la realidad regresaba. Alcanzó su blusa, s