Los dedos trazaron su hendidura a través de la tela, frotando su clítoris hinchado en lentos círculos hasta que ella gimió. Con un rasgón, él le arrancó las bragas; el sonido fue seco en la noche y el aire fresco besó sus pliegues desnudos y resbaladizos.
—No te preocupes —gruñó, con voz áspera—. Te conseguiré otras.
Se arrodilló, hundiendo el rostro entre sus muslos. Su lengua se hundió en su coño, lamiendo con avidez sus jugos y succionando sus pliegues con tirones voraces. La devoró como si