58. El lado tierno del señor Abad I
Ana Paula Lago
Vi cómo Lili se fue a su habitación y escuché el leve clic de la puerta al cerrarse. Permanecí allí, en silencio, con la vista fija en mi taza de café humeante. El aroma tostado me envolvía, cálido y familiar, mientras una sensación de alivio se mezclaba con una inquietud difícil de nombrar. Me alegraba tenerla de vuelta, por supuesto, pero algo en ella me descolocaba.
Estaba demasiado tranquila.
La Lili que yo conozco no se rinde tan fácil. Es impulsiva, visceral, de las que no