57. No iría por él II
Apenas abrí la puerta del departamento, el aroma a café recién hecho me envolvió por completo. Ese olor cálido, reconfortante, fue como un abrazo invisible que me recordó que, a pesar de todo, estaba de vuelta en casa. Sonreí apenas, respirando hondo, y seguí el rastro del aroma hasta la cocina.
Allí estaba Ana. Al verme, su rostro se iluminó con una mezcla de sorpresa y alivio.
—¡Regresaste! —exclamó, dejando la taza sobre la barra antes de acercarse a mí y abrazarme con fuerza.
Su abrazo fue