La noche de celebración había sido un torbellino de emociones, luces, música y revelaciones que cambiaron la vida de Bianca para siempre. Cuando finalmente logró salir del hotel con Luciano y Mateo, lo único que deseaba era llegar a casa, respirar profundo y dejar que su alma bajara de aquella montaña rusa.
Mateo se quedó dormido apenas el carro comenzó a moverse. Tenía los cachetitos rojos y una sonrisa marcada, como si incluso en sueños siguiera celebrando.
Bianca lo miró con ternura mientras le acariciaba la frente.
—Está rendido —susurró.
Luciano, que conducía, lanzó una sonrisa suave.
—Hoy tuvo un gran día… igual que tú.
Ella se recostó en el asiento.
—Estoy agotada, Luciano. Pero feliz.
—Brillaste más que la luna —respondió él, con esa voz suya que hacía que todo pareciera más profundo—. Te veías… increíble.
Bianca sintió un calor en el pecho.
No era por la fiesta.
Era por él.
Por cómo la miraba.
Por cómo estaba ahí, sosteniéndola, protegiéndola en silencio.
Llegaron a la casa.