La luz de la mañana se filtraba por la ventana como un rayo tímido que trataba de abrirse paso entre las cortinas cerradas. La habitación estaba tibia, silenciosa… casi demasiado silenciosa para el corazón acelerado de Bianca.
Abrió los ojos lentamente.
Tardó unos segundos en darse cuenta de dónde estaba.
Y con quién estaba.
Luciano aún dormía a su lado, recostado sobre la almohada, con una expresión serena que contrastaba por completo con el caos que latía dentro de ella. Bianca sintió un nudo en la garganta. La cercanía, el recuerdo de la noche anterior, la manera en que él la había tratado, la ternura, la intensidad, la confianza, todo eso volvió a su mente como un torbellino.
Respiró hondo.
Demasiado hondo, porque Luciano movió un poco la cabeza, medio dormido.
Bianca se congeló.
—Ay no… —murmuró en su mente—. No, no, no, que no se despierte.
Con movimientos diminutos, casi como una ladrona, se deslizó hacia abajo de la cama, tratando de no hacer ruido. Cada paso sobre el piso par