Lirio no pudo evitar tensarse cuando Dantes, sin esperar respuesta, la ayudó a bajar con cuidado del banco y comenzó a caminar hacia la escalera de caracol. Subieron tranquilamente en dirección a la habitación de Dantes. Al ingresar al amplio aposento, él se aseguró de cerrar la puerta con llave.
—Desnúdate —ordenó, con voz firme.
—No quiero que me castigues, no fue mi culpa —susurró ella, agachando la cabeza. Dantes se quedó quieto, sorprendido por la osadía de su omega al contradecirlo.
—Pudi