Terminé otra vez acostada en la cama, comiéndome a besos con Adam. Éramos dos cuerpos calientes incapaces de saciarse.
Los labios de Adam recorriendo todo mi cuerpo era como sumergirme en una fantasía erótica, provocando que mi garganta soltara los más profundos gemidos y mis uñas buscaban aquella blanca piel, lo arañaba con fuerzas. Sus caderas bailaban a un ritmo único, estimulando caricias que hacían temblar mis huesos.
Después de aquel intenso placer, dormí por primera vez de forma tan prof