Adam tomaba muy en serio el hecho de que me fuera sin avisarle por las mañanas, así que esa segunda vez que me quedé en su apartamento tuve que despertarlo cuando me había duchado. Pareció no caerle muy en gracia el que me despertase tan temprano, gruñía y arrugaba su rostro entre las almohadas.
—Me dijiste que te despertara cuando me fuera —comenté—, así que lo hago para que después no te des de ofendido como la primera vez.
—¿Qué hora es? —preguntó Adam aún con el rostro arrugado, hablando ro