—Señorita Flores —saludó Francisco cuando se acercó a mí.
Estaba sentada a la mesa y Adam se había marchado para saludar a unos invitados. Había caído la noche y el cielo estaba bellamente iluminado con sus incontables estrellas.
Francisco se sentó a mi lado, donde anteriormente estaba Adam, un mesero le ofreció una copa de vino y él aceptó.
—Señor Francisco —saludé y sonreí.
A lo lejos, en la pista de baile, muchos invitados bailaban alegremente. Me aliviaba que todo estuviera transcurriendo s