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El nombre prohibido
El nombre prohibido
Por: ARYO
Susurro en la oscuridad

La biblioteca municipal de San Lázaro siempre olía a papel viejo y a secreto. Valeria Solís empujó la pesada puerta de madera a las seis y media de la tarde, cuando el sol ya se escondía detrás de las montañas. El tintineo de la campanita resonó en el silencio.

—Llegas tarde, niña —murmuró Doña Rosa desde el mostrador sin levantar la vista del libro que estaba sellando.

—Solo diez minutos, Rosa. El autobús se atrasó otra vez.

Valeria se quitó el abrigo mojado por la llovizna y lo colgó en el perchero de siempre. Su uniforme gris oscuro le quedaba un poco grande, pero le gustaba cómo la hacía desaparecer entre las estanterías. Nadie la miraba demasiado cuando llevaba ese uniforme.

Se dirigió directamente a la sección de restauración, su pequeño reino en el sótano. Allí, bajo la luz amarilla de una lámpara antigua, pasaban sus días: arreglando lomos rotos, limpiando hongos de páginas centenarias y tratando de no pensar demasiado en las pesadillas que la perseguían desde niña.

Esa noche, sin embargo, algo era distinto.

Mientras organizaba los libros que habían llegado esa semana, sus dedos rozaron un volumen negro sin título en el lomo. Estaba atado con una cuerda roja deshilachada. Al tocarlo, un escalofrío le recorrió la espalda, como si el libro estuviera… frío. Demasiado frío para haber estado guardado en el sótano todo el día.

—¿Qué demonios…? —susurró.

Desató la cuerda con cuidado. Al abrirlo, la primera página estaba en blanco. La segunda también. Pasó varias hojas más. Todas vacías. Solo al llegar casi al final encontró algo escrito a mano con tinta negra:

“Quien lea mi nombre en voz alta será mío para siempre.”

Valeria frunció el ceño. Una broma de mal gusto, seguramente. Cerró el libro de golpe y lo dejó a un lado. Pero el frío en sus dedos no desapareció.

Arriba, Doña Rosa cerró la biblioteca a las siete en punto. Antes de irse, se asomó a la escalera del sótano.

—Valeria, no te quedes hasta muy tarde. Y recuerda… —la anciana dudó un segundo— nunca digas tu nombre completo en voz alta aquí dentro. Nunca.

Valeria levantó una ceja.

—¿Mi nombre completo? ¿Valeria Solís? ¿Por qué no?

Doña Rosa palideció visiblemente.

—No lo digas otra vez. Ni una sola vez más esta noche. Prométemelo.

La chica se quedó mirándola, confundida, pero asintió para tranquilizarla.

—Está bien, Rosa. No lo diré.

La anciana pareció aliviada y se marchó, dejando a Valeria sola en la biblioteca vacía.

A las nueve y media, cuando ya casi terminaba de catalogar los últimos libros, Valeria volvió a sentir ese frío extraño. Esta vez venía del libro negro que había dejado sobre la mesa. Se acercó lentamente.

Lo abrió de nuevo.

Ahora las páginas ya no estaban en blanco.

En cada una de ellas, con la misma tinta negra, aparecía escrita una sola palabra repetida cientos de veces:

Valeria.

Valeria.

Valeria.

Valeria.

El corazón le dio un vuelco. Cerró el libro con fuerza y dio un paso atrás. Su respiración se aceleró.

—Es una broma —se dijo en voz alta—. Alguien me está jugando una broma pesada.

Pero su voz sonó temblorosa. Y en el silencio de la biblioteca, su propia voz le sonó… ajena.

Sin pensarlo, nerviosa, murmuró casi sin voz:

—Valeria Solís… ¿qué carajo está pasando aquí?

En cuanto las tres sílabas de su apellido salieron de su boca, todas las luces de la biblioteca se apagaron al mismo tiempo.

La oscuridad fue absoluta.

Valeria contuvo la respiración. Escuchó cómo su propio corazón retumbaba en sus oídos.

Y entonces, en medio de esa negrura total, una voz grave, profunda y terriblemente calmada susurró justo detrás de su oreja:

—Al fin… te escuché.

Valeria gritó.

El grito de Valeria se ahogó en su propia garganta. Dio un salto hacia atrás y chocó contra la mesa. El libro negro cayó al suelo con un golpe seco.

—¿Quién está ahí? —preguntó con voz temblorosa, tanteando en la oscuridad en busca de su celular.

Nadie respondió.

Solo el sonido de su propia respiración agitada llenaba el sótano. Encendió la linterna del teléfono con dedos torpes. El haz de luz temblaba tanto como ella.

No había nadie.

Las estanterías, los libros, la mesa… todo estaba exactamente igual. Pero el aire se sentía más pesado, como si algo invisible ocupara el espacio a su alrededor.

—Esto no es real —murmuró—. Me estoy volviendo loca.

Se agachó para recoger el libro. Al tocarlo, un calor extraño le subió por los dedos, completamente opuesto al frío que había sentido antes. Lo abrió de nuevo. Las páginas seguían llenas de su nombre escrito una y otra vez, pero ahora había algo más debajo de la última línea:

“Ahora que me llamaste… ya no puedes huir.”

Valeria cerró el libro con fuerza y lo lanzó sobre la mesa como si quemara. Retrocedió hasta que su espalda tocó la pared.

—¿Quién eres? —preguntó al vacío, tratando de sonar valiente—. ¡Sal de donde sea que estés!

Un susurro suave, casi cariñoso, flotó en el aire, rodeándola:

—Kael… Ese es el nombre que puedes usar. El otro… el verdadero… solo tú puedes pronunciarlo ahora.

Valeria sintió que se le helaba la sangre. La voz no venía de ningún lugar concreto. Parecía estar dentro de su cabeza y fuera de ella al mismo tiempo.

—No… esto no está pasando —dijo, negando con la cabeza—. Es una pesadilla. Solo es una pesadilla.

La voz soltó una risa baja, oscura, que le erizó cada vello del cuerpo.

—Las pesadillas terminan cuando despiertas, Valeria Solís. Yo, en cambio… acabo de empezar.

La luz del celular parpadeó y se apagó. Otra vez oscuridad total.

Y en esa negrura, Valeria sintió una mano fría y firme rozar suavemente su mejilla, como una caricia que prometía tanto peligro como deseo.

Ella gritó de nuevo.

Esta vez nadie la escuchó.

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