Eliana despertó con el peso cálido de Samuel acurrucado contra su costado. Había pasado la noche con él en su departamento, asegurándose de que durmiera tranquilo después del incidente. Aunque su cuerpo estaba agotado, su mente no había descansado ni un segundo.
Miró al niño, que dormía profundamente, con su manita aferrada a la tela de su blusa. Samuel no era su hijo, pero su corazón no hacía diferencia.
Con cuidado, se deslizó fuera de la cama sin despertarlo. Se dirigió a la cocina y comenzó