El sol ya comenzaba a caer, tiñendo de naranja y rojo el cielo sobre el jardín de Eliana. La brisa suave movía las ramas de los árboles, mientras Isaac y Eliana se quedaron en silencio unos instantes, observando cómo Gabriel jugaba con Samuel al fondo. Los niños se divertían, pero algo en el ambiente seguía tenso, como una cuerda estirada, esperando a ser liberada.
Isaac no pudo soportar el silencio por más tiempo. Sintió que el peso de las palabras de Gabriel aún rondaba entre ellos, y aunque