La voz de Maximilian a través del intercomunicador fue como un rayo que partió el aire. Arturo Valeri, con la mano sangrando y el rostro descompuesto por el terror, retrocedió hasta tropezar con sus propios guardaespaldas. Marcos no necesitó una segunda orden. En un abrir y cerrar de ojos, los guardias de seguridad de la mansión redujeron a los intrusos, desarmándolos con una eficiencia brutal.
—¡Esto es un atropello! ¡Soy el tutor legal! —gritaba Arturo mientras era arrastrado por el pasillo.