El rugido de la SUV negra mate se desvaneció en la distancia, pero el eco de Helen’s desafío seguía resonando en el vestíbulo dorado de la mansión Castel. Sofia se quedó acurrucada en los brazos de Maite, su mejilla aún enrojecida por la bofetada, sus ojos llenos de una furia que luchaba con el miedo. Richard, con el cheque arrugado aún en la mano, se quedó de pie junto al ventanal, mirando la curva donde había desaparecido el vehículo. Nunca había visto a Helen con esa determinación —era como