"Maldita sea, ¿dónde carajos está Bianca? ¿Y Froggs, dónde se metió ese hijo de puta?" Seth pensó, hundido en una silla frente a un escritorio improvisado en un almacén reconvertido en base de operaciones en la otra ciudad.
El lugar era un hervidero de tensión: el zumbido de los ventiladores, el tecleo frenético de los hombres revisando datos en los monitores, las fotos borrosas de Froggs y los reportes fragmentados sobre Bianca pegados en una pizarra improvisada. Cada pantalla mostraba mapas,