El pueblo es muy bonito, solitario...pero bonito.
Llegamos luego de tres horas de conducir sin descanso y bajamos en un parador justo a la entrada del mismo, tengo hambre, sueño y me duelen los pies.
—¡Dios, que dolor de espalda! —se queja Colin.
Me acerco a él que se está estirando en medio del lugar y le hundo las manos en el cuello para darle un improvisado masaje al que responde con varios gemidos de placer. Me incita a seguir y le relajo los músculos tensos del cuello, un poco más.
—Luego