Elara sintió el vacío de la ausencia de Kael. No había necesidad de preguntarse; la explosión fue un grito de despedida que resonó en su propia sangre.
Pero el dolor debía esperar. La furia se convirtió en combustible. Kael había comprado el tiempo con su vida, y Elara no lo desperdiciaría.
Emergió del sendero de la Montaña del Olvido hacia el Corazón de Aethel. El lugar no era un templo ni una fortaleza. Era un anfiteatro natural rodeado por una cúpula de luz blanca, intacta, que se alzaba sobre las tierras baldías corrompidas.
El aire era fresco, limpio. Por primera vez en meses, Elara sintió el tacto de la magia sin la sombra de Valerius.
En el centro de la cúpula, flotando sobre un pedestal de mármol antiguo, estaba el Vaso Puro.
Era una cuenca de cristal luminiscente, sin adornos, diseñada para recibir el ritual. Su sola presencia irradiaba una pureza que repelía la Oscuridad.
Elara se acercó, la mano temblándole.
Sabía que estaba sola, pero no lo estuvo por mucho tiempo.
Un dest