“La sangre está aquí,” resonó la voz de Aethel, melancólica y clara. “Te hemos esperado, último de nuestro linaje. Los Sigilos no fueron creados para el Dominio, sino para el Equilibrio. El primero selló la Oscuridad en el Inframundo. El segundo la mantiene a raya. Valerius, nuestro descendiente que eligió la Sombra, busca usar la línea de sangre para revertir el sello, no para crearlo. Él no quiere reinar; quiere liberar lo que fue sellado.”
La revelación fue aterradora. Valerius no era un tirano, era un heraldo del caos. Elara vio visiones rápidas: la creación de los Sigilos, el sacrificio de los Fundadores para sellar una entidad primordial. Y luego, una escena dolorosa: Valerius, de joven, siendo rechazado por los guardianes del Sigilo, su corazón lleno de rencor. Él creía que el sellado era un acto de cobardía, y que la Oscuridad era la verdadera fuente de poder.
“Debes reclamar tu derecho de nacimiento,” continuó el eco de Aethel. “Elara, tú eres la cerradura y la llave. La únic