“Si llegamos a la Forja antes que él, podemos intentar estabilizar el Sigilo, o al menos ralentizar su corrupción,” explicó Lyra. “Pero el desierto está vivo. La magia de Valerius lo ha infundido con una histeria elemental.”
El viaje fue infernal. El Desierto Canto de Arena no era solo un mar de dunas; era un espejismo constante bajo el cielo anaranjado. Las ilusiones ópticas jugaban con sus mentes, mostrando oasis que se evaporaban al acercarse y Sentinelas que no existían. La herida de Kael se había infectado ligeramente, y la fiebre lo hacía delirar. Él veía a su familia, perdida hace años, deambulando por las dunas.
“Son solo fantasmas, Kael,” le decía Elara, sosteniéndolo con firmeza. “Valerius está proyectando el miedo. Míralos, pero no los toques.”
Un día, el desierto les puso una prueba real. Las arenas comenzaron a temblar, y de ellas emergieron tres espectros gigantescos, los llamados Canto de Arena, espíritus elementales creados por la corrupción mágica. Eran lentos, pero s