La reunión con el contacto de la Interpol, el Inspector Camilo Vélez, se llevó a cabo en el segundo piso de una antigua biblioteca pública, un lugar elegido por su aparente inocuidad y por la seguridad silenciosa que ofrecían las cámaras de vigilancia. Vélez era un hombre de unos cincuenta años, con barba canosa y una mirada penetrante, cargada del cansancio que solo se ganaba persiguiendo los fantasmas del pasado en el tráfico de bienes culturales. Se sentó frente a Alana Torres y Julián White